En este tortuoso camino, siento que mis ojos no ven lo que los de alguien ordinario verían. Pequeñas luces revolotean sobre mi cabeza, iluminando tenuemente el cielo oscuro, salpicado de diminutas y titilantes estrellas. Como pájaros volando, de manera juguetona, las luces se deslizan por el aire, rodeándome con su estela dorada que, al parecer, sólo yo puedo ver y sentir. Bañado por la calidez de su destello, me he detenido en medio del camino, incapaz de seguir adelante. Sé que, cuanto más avance, menos curiosidades habrá y el mar morado y estrellado que ahora me rodea dejará de fluir, conforme mis pies me arrastren a través de este pedregoso lugar. Arenosa y seca, la tierra engullirá mis sueños.
Una lluvia de estrellas...el viento sacude mi cabello y mi rostro parpadea ante semejante espectáculo. Luces, en el cielo, que viajan hasta el agua y la salpican con su calor. Estrellas, que se dejan caer hasta ese mar colorido para empezar de cero. Jugando con mis dedos, bajo la mirada y pienso lo fantástico que sería formar parte de aquel manto oscuro y nocturno, para después renacer en otras aguas, habiendo navegado a través de las nubes para llegar hasta ellas. Quizá yo podría ser la luna, para ser amigo de todos los habitantes de ese cielo que mis ojos recorren. Sin duda... esta preciosa e inolvidable actuación ha hecho que le de la espalda al camino que debía seguir.
Qué más da, pienso mientras me pongo de cuclillas, frente a mi realidad, la única a la que me puedo aferrar. Qué más da, si, de todas maneras, no necesito ver a la gente que ignora cielo y mar, que avanza sin cesar en su vida, un trayecto en el que tantas veces me he tropezado ya. No necesito observar cómo yo me quedo atrás, por lo habitual que ya sea.
No me importa, ni siquiera si tú eres una de esas personas que saben manejar el flujo de su tiempo y de su vida.
La verdad es que no quiero ver cómo sorteas las piedras del camino. Por eso, esta vez seré yo el que le de la espalda al mundo, porque nunca he encajado en la realidad de la que todos hablan. Así que, dejaré que mi esencia se hunda en este mar de colores cambiantes, en el que el cielo refleja a sus pequeños gorriones dorados, que brillan sin rendirse. No me importa cerrar los ojos, mientras las aguas recorren cada recoveco de mi cuerpo, pálido y plagado de cicatrices.
Quizá, así, podré convertirme en una estrella de una vez por todas.
El agua...está caliente. La calidez de sus estrellas es embriagadora y me abraza sin dudarlo. Miro el cielo una última vez. Puede que allí haya un lugar, un rincón para mí y mis pensamientos soñadores, de los que nunca he conseguido desprenderme.
Sonrío...con las mejillas húmedas.
Nunca se me ha dado bien decir adiós, después de todo. Y siempre será así. Pero tú ya lo sabes; cada uno persigue sus sueños a su manera y los míos nunca han vivido en la realidad en la que tú te mueves.
Lo supe desde que me quedé ciego, sin poder ver las puerta que atravesabas.
Y, a pesar de todo lo que he sufrido, sé que te echaré de menos.
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